La experiencia de la diáspora, de la migración y, de forma más concreta, del exilio ha sido una constante en la historia de la humanidad. Vencidas, perseguidas, desterradas o empujadas por la necesidad, las personas han tomado el arriesgado camino de unas tierras que se esperaban fueran de promisión, donde ubicarse definitivamente o donde esperar tiempos mejores para volver a la patria de origen. Esta constante es particularmente visible a partir del siglo XVI, cuando la consolidación de los poderes y su afirmación ideológica o religiosa comenzó a generar salidas forzadas de una parte de la población, de aquellas gentes juzgadas como no integrables o peligrosas. Este fenómeno, el verdadero reverso de unas sociedades que se querían armónicas, ha ido acompañado de una expresión artística con la que los refugiados han buscado explicar y poner en valor su sufrimiento, las autoridades de acogida, los límites y las razones de su recepción, y los perseguidores, la legitimidad de su acción.