Me quedo mirando al tío Enrique y alcanzo a ver que la gallina bate enérgicamente las alas sobre uno de sus hombros. Mi hermano también la ve. Se le queda mirando y me susurra: «Ve por ella.» Yo ni me muevo. Él se impacienta, se levanta y se lanza sobre ella gritando: «¡Al ataque!» y la camica del tío Enrique comienza a inflarse.