de obedecer a instancias fundacionales de la escritura fragmentaria: ser esquiva, explosiva, volcánica, salvaje, ajena a reduccionismos y síntesis. No tiene principio ni fin porque se evade de la voluntad del autor y se vuelve autónomo. Leerlo es identificar los límites a punto de romperse y considerar que, en efecto, el pensamiento filosófico es auténtico si sabe reconocer el valor de su fragilidad.